NURIA VUELA

Algunos más, otros menos, todos hemos querido -en algún momento de nuestras vidas- “escapar” a una realidad que soñamos mejor, distinta de la que vivimos en la cotidianeidad de nuestros días. Volar hacia ella, sin necesidad de que nadie nos lleve, puede parecer utópico para la mayoría de los mortales, pero para Nuria nunca lo fue. Por alguna razón, determinados límites que siempre he creído lógicos, no han sido tales en la forma de pensar de esta mujer. Es por ello que no he podido evitar preguntarme ¿cuál es el componente distintivo que hizo que alguien que jamás se había relacionado con el mundo de la aeronáutica decidiera convertirse en piloto a los 16 años y nada la detuviera en la carrera por conseguirlo? Contra todo pronóstico, esta joven oriunda del conurbano bonaerense probó que para hacerlo es necesario desearlo con todo el cuerpo… y trabajar incansablemente hasta conseguirlo. 

El 2 de julio de 1983 nacía Nuria Estébez en Berazategui, una ciudad principalmente industrial, al sudeste de Buenos Aires, ubicada sobre la costa del Río de La Plata. Hija de madre docente y padre empleado de una cadena de supermercados, Nuria es la menor de dos hermanos y única mujer. Cuando habla de su historia, lo primero que deja en claro es el rol de su familia: ella es como es gracias a sus padres y abuelos, gente con costumbres de campo, laburantes y sencillos:

La manera de educarme en casa siempre fue directa “¿Querés hacer tal cosa? Entonces dale, hacelo.” Me crié así. Por ejemplo, mi abuela tenía una quinta donde plantaba sus propias frutas y verduras, por lo que cualquier cosa que se me ocurría (como hacer dulce casero, vino patero o lo que fuese) me decía que sí y me enseñaba. Soy curiosa por naturaleza, y con el vuelo me pasó lo mismo.

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Un domingo invernal por la mañana, de sol espléndido y temperatura perfecta, nos encontramos con Nuria y su primo Julián, donde todo comenzó: el Aeroclub Río de La Plata. Como si de su casa se tratase, nuestra protagonista nos llevó a conocer el lugar, mientras que los que se encontraban allí, se acercaban a hablarle y saludarla. Muchos de ellos era la primera vez que la veían desde su último ascenso, y para ese momento ya era casi una celebridad, es que la joven -en aquel momento de 35 años- había logrado algo impensado a su corta edad: la comandancia de una aerolínea nacional. Entre mates, facturas y aviones, Nuria se tomó el día para contarnos su historia de vida, y así desafiar cualquier creencia a la hora de pensar no sólo en las mujeres y la aviación, sino en el poder femenino en general. 

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Cuando todavía estaba en el colegio, solíamos ir con mis viejos los domingos a Aeroparque a tomar mate y ver cómo pasaban los aviones. Un día de esos ví despegar de frente un 737 200 de Aerolíneas (Argentinas). Agarrada de la reja, le dije a mi papá “Quiero hacer eso” “¿Qué cosa?” me preguntó él sin entender del todo “Quiero volar un avión”. Simplemente me pareció magia. Me abrumó todo el cuadro, era adrenalina pura.“¿En serio querés hacer eso? Entonces vamos al aeroclub.” Era la primera vez que pisábamos este lugar, me trajo a cumplir lo que yo pedía. 

Así fue que, en el año 1999, Nuria se subió por primera vez a “volar” un avión con un instructor. Cuando aterrizamos le dije a mi papá “yo de acá no me bajo nunca más.” A la semana me emancipé porque era menor, a los dos meses me hice el psicofísico y nunca más paré. Para empezar a volar tenés que tener 16 años y 9 meses para que los seguros de vida te cubran, y como yo no llegaba a completar ese tiempo, fue tan simple como saber qué papeles necesitaba que me firmen. Por supuesto que todos teníamos un poco de miedo, pero siempre recibí el cien por ciento de apoyo de toda mi familia.

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La aviación: ambiente de hombres

A los 17 terminé la secundaria y me puse a trabajar en una cadena de supermercados, en Quilmes, donde era repositora de lunes a viernes. Los viernes, sábados y domingos a la noche era moza en un bar, y durante el día, mientras no trabajaba, iba a lavar aviones o a cebarle mate a los mecánicos para que me dejaran aprender sobre motores. Si había algún vuelo de prueba pedía que me dejaran participar, estar, aprender, poner las bujías en banco de arena, lo que fuera.Yo no sabía adónde me estaba metiendo: eran todos varones y hablaban con sus códigos… yo con mi educación tradicional, sentí que era sapo de otro pozo, realmente.

Al empezar con los primeros días de vuelo (vine acá a hacer mi vuelo de bautismo y después me fui a la escuela de Quilmes a estudiar) pregunté cómo tenía que vestirme, porque en casa andaba con bombachas de gaucho o jeans. No sabía por dónde empezar, creo que había cinco mujeres volando en todo el país, y no conocía a ninguna como para pedirles ayuda o al menos que fueran referentes. ¿Sabés qué me respondieron? “Tenés que venir de pollera y camisa.” Imaginate que cuando chequeás el combustible de un avión te tenés que subir al ala del avión y ver desde arriba. Lo mismo para subirte a volarlo, revoleando una pierna primero y después la otra… y yo pensaba cómo iba a hacer para que no se me viera todo. Le expliqué a mi mamá la duda que tenía porque ella siempre fue muy habilidosa con la costura, así que me hizo unas polleras a la rodilla, y le bordó a mano una guarda de flores al costado, “para que no perdiera la feminidad.” Después de pasar meses empujando y lavando aviones vestida así, me dijeron “Bienvenida al mundo de la aviación, ponete el pantalón.” ¡Todo había sido un chiste! Yo era rubia y aniñada y nadie depositaba muchas esperanzas en mí, me subestimaban bastante y me ponían a prueba constantemente. La mayoría de las cosas las aprendí de esa forma.

A los 21 pude dejar de trabajar en el supermercado y en el bar (a la par que hizo todo el resto durante cuatro años). En el medio era instructora de simulador en Munro y volaba en San Fernando… realmente mi vida era un caos. En un momento me alquilé una habitación en la casa de una señora mayor en Olivos porque no me daba para pagar más, y recién ahí empecé a dormir seis horas por día. Nunca dudé en hacerlo, era el camino que me habían enseñado mis abuelos para lograr las cosas, y yo siempre tenía ganas. 

Entre góndolas de supermercado, noches de camarera y tardes incontables lavando aviones, Nuria llegó a pinzarse la columna antes incluso de cumplir los 20 años.

Cuando me rompí la espalda por lavar y mover hasta once aviones por día, mi viejo venía de noche a ayudarme a cerrar los hangares porque no me daba el físico para hacerlo sola. 

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A mí me enseñaron a darlo todo en lo que sea que haga. Algunos dicen que soy intensa, pero a mi me gusta pensar que soy exigente, nada más. Y lo corroboro cuando, aún hoy en día, mis ex alumnos me dicen que soy la única que realmente los ha hecho esforzarse y que les ha enseñado con tenacidad. Me parece que la disciplina y dedicación son fundamentales a la hora de convertirte en lo que querés ser, porque profesionales hay un montón, pero para hacer algo distinto al resto y destacarte tenés que funcionar en base a eso. Para mí las cosas a media máquina no van. Pero no me malinterpretes, yo no lo sufro, a mí la vida me pasa así, hasta en las cosas más triviales, como con mi hobby de hacer rompecabezas de masterpieces. Es un gran desafío tener tres mil piezas super distintas entre sí y que me quede un cuadro inmenso. Cuando pongo la última ficha es un evento, me lleva meses de música, café, luz de noche…después los encuadro y los regalo. No es armar un rompecabezas y ya. Todo lo tomo a ese nivel. 

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Hacer carrera

La carrera se divide en teórico/práctica, de forma paralela. Empezás yendo a un aeroclub, te haces el psicofísico o apto de vuelo y luego de eso comenzás a volar y a sumar horas para adquirir la primer licencia que es la de piloto privado de avión. Salís con un instructor, y te empiezan a enseñar cómo es el arte de volar: cosas técnicas, sensibilidades, sensaciones, maniobras, etc. Mientras, se hace la parte teórica: te dan un manual y tenes que estudiar las maniobras de forma teórica y conocimientos básicos de vuelo, y a medida que vas avanzando los instructores te van examinando y corroborando que hayas estado estudiando y avances como está estipulado. A las 40 horas de vuelo, como mínimo (dependiendo de tu nivel y cuán rápido hayas aprendido) te presentás a examen. Viene un inspector de la ANAC (Administración Nacional de Aviacion en Argentina, Ente Regulador de Aviación Civil) te toma maniobras, te hace preguntas, y rendís tu primer licencia que es la de Piloto Privado de Avión. Con este título no se puede lucrar. Lo que podés hacer es alquilar algún avión por hora y salir a volar, o seguir capacitandote con las licencias que siguen. Para cobrar un sueldo tenés que tener, como mínimo, la licencia de piloto comercial, que son 250 horas de vuelo más el curso teórico que dura 6 meses y son algo de 11/12 materias. Luego de esta licencia, viene opcional la de instructor de vuelo con 500 horas y curso teórico. Le sigue la licencia de Piloto Comercial de Primera Clase con 950 horas, más curso teórico y por último la TLA (Transporte de Línea aérea) con 1500 horas, que no siempre es obligatoria para ingresar a una línea aérea.  

Cuando entrás a una línea aérea, empezás tu carrera dentro de la compañía como Copiloto. Alli te dicen cuáles son los requisitos para ascender a comandante, pero cada aerolínea tiene sus maneras. Tenés que tener como mínimo 21 años, una determinada cantidad de horas de vuelo nocturno, multimotor, nivel de inglés aeronáutico, y más. Cuando ya cumplís con estos requisitos, estás vacante para que cuando un puesto se abra te puedas presentar a rendir los exámenes, y también tenés que estar en el escalafón de antigüedad.  Es por eso que el entrenamiento que necesitás, a medida que vas haciendo la carrera, tiene que ser arduo, exigente, disciplinado y con mucha dedicación

Muchos datos llamaron poderosamente mi atención durante la entrevista: mi fascinación y equivalente ignorancia por la aeronáutica, me mantuvo horas preguntando todo tipo de cosas específicas acerca de su profesión, muchas de las cuales probablemente el lector encontraría aburridas o incluso fuera de eje; es por ello que he decidido que aquí sólo plasmaré las que encuentro, arbitrariamente, más curiosas, como por ejemplo, de qué trata la materia aeromedicina y cómo se aplica en casos prácticos.

La aeromedicina es la medicina aplicada al vuelo. Pueden ser cuadros de todo tipo, como por ejemplo la hipoxia, que es la falta de oxígeno en sangre generada por la altura. Ésta provoca lo que se llama visión tubular, que es cuando entrás en un cuadro de hipoxia muy grande y el instinto de supervivencia hace que tu visión se acorte y dejes de ver el macro, el entorno. La asignatura te enseña no sólo a salir de esas situaciones, sino también a reconocerlas para saber en qué condiciones estás y accionar en consecuencia, porque en vuelo no tenés casi nada de tiempo, y tu vida depende de eso. Por eso insisto en que el estudio y el conocimiento en la primera etapa de la carrera es fundamental para sobrevivir, para ser consciente de lo que estás haciendo. 

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Nuria abre el hangar del aeroclub y nos invita a entrar. La oscuridad va cediendo paso a medida que corremos esa puerta enorme, y las siluetas de los aviones van cobrando nitidez. Los hay más nuevos y más antiguos, de colores, a hélice y motor, incluso de madera. Me siento una nena chiquita en una juguetería, ella ve la expresión de mi cara y se divierte: Vení, vamos a subirnos, no tengas vergüenza. Primero una pierna y después la otra para llegar desde el ala derecha al asiento del copiloto. Ponete los auriculares, saquémonos una foto juntas, no seas tímida. La mitad de nuestro encuentro transcurrió sentadas dentro de una avioneta (avión de pequeño porte me rogó que dijera) la cual poseía detalles dignos de una película de acción de los ´80. Sus asientos eran de cuero, el tablero de un tapiz difícil de imaginar hoy en día, hasta el dispositivo para prender los cigarrillos se veía retro y glamoroso. 

Mi admiración por su historia de vida y el lugar en el que nos encontrábamos inmersas, me inspiró a indagar en sus charlas y así ser capaz de transmitírselas a ustedes. Quizás, luego de esta nota, alguna mujer se anime a volar, en más de una forma.

La oradora

Mi ascenso a Comandante me demandó mucho tiempo de estudio y de estar abocada más que nunca a la carrera. Cuando lo conseguí y terminé con todo ese proceso me dí cuenta que era el momento de empezar de nuevo con esto otro. Me senté con lápiz y papel y me puse a escribir: ¿Qué me gustaría escuchar a mí? ¿Qué necesité yo, que me llevó 10 años (como mínimo) encontrar, para otorgárselo a otro y que su proceso sea más liviano? El punto que tenía más resuelto era que sabía cómo pararme frente a muchas personas; nunca tuve problemas para comunicarme. Lo loco fue que en la primera charla, donde no hubo ni publicidad, de un día para el otro se acabaron las vacantes que eran 50. Y al aula se metieron 70 personas, y quedó gente afuera. Surgió solo, como si todos hubiesen estado esperando eso.

Los cursos los doy en mis días libres. Suelen ser uno o dos como mucho por mes. Preparo todo un mes antes (al menos) y soy muy meticulosa con los detalles, necesito prepararme bien psicológicamente.

Mi objetivo con todo esto (redes sociales, ser o no instagrammer) es que mi paso por la aeronáutica no sea en vano. Si hay una mujer allá afuera que gracias a escucharme a mí decide ser piloto,o se anima a hacer lo que ama, entonces yo ya me siento realizada. Yo hoy me voy a mi casa feliz de haberte contado todas estas cosas y que hayas aprendido y te haya gustado. Disfruto al meter el bicho de que esto es una pasión y de que te puede hacer realmente feliz, es mi único objetivo. 

Las charlas las aboco mayormente a mujeres, a lo que llamo la parte no técnica de la aviación, porque la idea es preguntar: vos, como mujer ¿qué tenés para aportar a la aviación? Con nuestra sensibilidad, la posibilidad de hacer múltiples cosas al mismo tiempo y la habilidad de estar en el detalle ¿qué podemos hacer diferente? Te aseguro que a la hora de volar se nota. La mujer en la aviación equilibra mucho al hombre y al ambiente. Yo cuando vuelo en línea aérea, siempre voy pensando en hacerlo no sólo para mí, sino también para los que vienen atrás. Mi vuelo es suave, estoy siempre atenta a que los cambios de niveles sean tranquilos para que el pasajero sufra menos o, mejor dicho, a que disfrute más. A las tormentas trato de pasarles lejos para que no haya turbulencia, y si hay, avisar para que estén tranquilos. La gente al subir a un avión le entrega la vida a alguien que ni siquiera le ve la cara. No a todo el mundo le gusta estar dentro de un avión. En mis charlas no hablo puntualmente de aeronáutica, hablo de personas con emociones, sentimientos, frustraciones, y mucho más.

A cada uno de los asistentes les tengo preparados papelitos con sus nombres, para que sepan que los estoy esperando. Parece una pavada, pero a mí me pasó cuando llegué por primera vez a la línea aérea, que había un manual arriba de mi pupitre con un cartelito que decía Nuria Estébez, con una lapicera y un anotador. Sentí que sabían que yo iba, que me daban la bienvenida. También preparo un cuadernillo y unos tests para que pinten con colores, porque todos aprendemos jugando. Hoy ninguna de las charlas que hago bajan de las 70 u 80 personas. 

Termino agotada cada vez que se acaba una charla. Al finalizar vienen muchos a preguntarme cientos de cosas, y me pongo a hacer de coach (que es otra cosa que disfruto muchísimo) y por ahí estoy una hora y media más. Es hermoso, y después necesito descansar. El otro día llegamos a las diez de la mañana y nos fuimos a las ocho de la noche, pero a mí me encanta conocer gente. El objetivo de las charlas es poder ayudar a alguien que cree que su sueño depende de otro. Es que nos enseñan a creer en dioses y religiones, pero nunca en nosotros. A veces las personas lo único que necesitamos es que alguien venga y nos diga “estás bien, vas por el camino correcto.” Tu metro cuadrado lo liderás vos. 

Mi primo me ayuda mucho a preparar las charlas, las cuestiones técnicas como los proyectores, la computadora, el audio y las aulas. Julián, quien es su fiel discípulo y compañero, interviene y me dice: Yo amo la aeronáutica por ella. Desde chiquitos nos llevaba a mi hermano y a mí al aeroclub, él no se interesó, pero a mí me fascinó enseguida. Es que Nuria ha cambiado la historia en su familia, ahora ella es la primera referente de quién sabe cuántos descendientes más, ella es hoy todo lo que nunca tuvo mientras crecía para las generaciones venideras

Todo lo que hago es con amor. Siempre doy lo mejor de mí como lema base. Cuando pasa al revés me descoloca, porque estoy mucho más acostumbrada a dar que a recibir. Ahora estoy tratando de tomar con naturalidad lo que la gente me da desde que empecé a hacer las charlas. El otro día, por ejemplo, una chica se me acercó para contarme que yo había sido su profesora en un curso para tripulantes de cabina, cinco años atrás, y me dijo “Quizás ni te imaginabas en ese momento que te iba a hacer caso en todo, pero quiero que sepas que me recibí de piloto gracias a tus consejos.” Se le iluminó la cara agradeciéndome, y yo lo único que pude hacer fue darle un abrazo y felicitarla, porque me emocionó tanto como si me hubiese pasado a mí. 

Los miedos y el fracaso

En mi profesión, el miedo es instinto. Es lo que me dice “por acá no, girá 30 grados más hacia la izquierda.” Pero en general, si el miedo es infundado, podés estar perdiéndote de hacer lo que más amás en la vida. A veces hay que tomarlos como sabios, porque nos sacan de situaciones realmente peligrosas, pero muchas otras nos juegan en contra y nos paralizan. Y luego me contó la anécdota que más llamó mi atención:

A los 21 años yo ya estaba lista para rendir un ingreso a la línea aérea  pero no quedé porque me pasé de rosca. En ese momento mi vida entera era volar, trabajar y estudiar frenéticamente.Todas las noches preparaba como a diez alumnos en la casa de mis viejos, y ahí los tenía sentados, estudiando todas las materias. Eran las cinco de la mañana y mi mamá subía con café y pastafrola para que aguantáramos tantas horas. Yo era instructora en el mismo simulador donde se tomaba el examen. Cuando llegó el día me senté a rendir y me quedé en blanco. Mi cabeza no pudo más. Tenía los mejores promedios siempre, y simplemente no pude hacerlo. Tuve un burnout cerebral y me tuve que bajar. Fue mi gran frustración, no quería volver a volar.

Cada vez que conozco una historia como la de Nuria, me veo obligada a relativizar mis miedos. Los imposibles que se alojan en mi cuerpo y anidan en mi mente se espantan ante la bravura del ímpetu ajeno, y automáticamente los troco por un poco de vergüenza. Vergüenza por cada una de las veces que renuncié antes de empezar, atemorizada por el anticipo del fracaso. Los fantasmas que cada una de nosotras aceptamos nos invadan, son lo que nos corroen desde adentro hacia afuera, dejándonos estáticas e incapaces de llegar a nuestras metas. Por eso, le pregunté a esta mujer que todos los días se “viste” de avión y conduce la vida de cientos de personas, algo tan simple como si tenía miedo y si alguna vez se había equivocado.

Hoy agradezco enormemente haber tenido ese episodio, de otra forma no sería la que soy. No tenía vida antes de eso, no veía a mis amigas ni hacía nada social externo. El hecho de pensar “puedo equivocarme, no soy un robot” me humanizó. Ahora me tomo el tiempo de compartir con mi gente y lo disfruto más que nunca. He tenido momentos en los que mi vida personal estaba totalmente trabada, pero ya no más.

Hoy en día la educación y las charlas, siento que son mi lugar, más allá de la aviación y de volar. Desarrollé otras habilidades emocionales que son las que ahora comunico, pero me costó más de diez años entenderlo. 

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Mi mejor amiga, y fotógrafa de esta web, me dijo una vez una frase del poeta persa del Siglo XII, Hakim Sanai, que desde ese momento habita en mí cual mantra de cabecera: “Deja de tejer una red a tu alrededor, revienta tu jaula como un león y sal.” Desde entonces, cada vez que me encierro en mis miedos y pensamientos derrotistas, la repito para mis adentros, e imagino al animal, rompiendo sus ataduras de forma salvaje y aventurándose al mundo exterior. Ahora, mediante un ejercicio similar, les pido que imaginen a cada una de las mujeres valientes que conocen, destruyendo los barrotes de sus propias jaulas y saliendo a dar cara a aquellos obstáculos e impedimentos que se les cruzan en su camino… pues yo imagino también a todas las mujeres que voy entrevistando y así, tomo un poco de su valor imitándolas, o mejor dicho, evocándolas.

Hoy podría decirles que Nuria no conoce el miedo, que nació distinta, pero estaría mintiendo. Nuria es una mujer como cualquiera de nosotras, con la habilidad de ver con claridad sus cualidades y, en consecuencia, jamás dar un paso hacia atrás.

Mi mayor deseo es ser cada día un poco más como ella, y en ese camino, “llevarme puestas” a todas y cada una de las que leen esta nota, y así, ir creando un ejército de mujeres descaradas e irreverentes, que no dejan que sus miedos y las injusticias cotidianas las estaqueen en el fondo de sus jaulas. Así, tan cliché como suena y se lee, aprendamos a volar tan alto como queramos llegar. Este es mi ambicioso deseo para lo que queda del 2019.

Agradecimientos:

A Nuria Estébez, por dedicarme dos días enteros en persona para hacer esta nota y estar siempre que la he necesitado desde el año pasado.

A Tomi por llevarme

A papá por llevarme

A @ayesha.fotografia por retratar hermosamente ese dia

 

A @barbarafigoli por diseñar cada nota con más amor y dedicación que la anterior (si eso es realmente posible)

A @raamirezm por la paciencia infinita de programar

Y a todxs ustedes que están del otro lado listos para leer, gracias infinitas