JOSEFINA VIDAL DIAZ

Cuando conocí a Josefina sentí una conexión inmediata. A medida que me sumergía en su historia, las similitudes e identificación con pensamientos y maneras de observar la vida que tenía, hicieron que escribir este perfil-crónica- entrevista- o como prefieran llamarlo, fuera tan emocionante como complejo. Dos tardes compartimos en el living de su casa tomando mates, charlando, conociéndonos, e incluso pintando. Comprendo que no todas las notas que me dispongo a traerles aquí gozan -o gozarán- de la misma sincronía y concordancia, pero ya que ésta sí, permítanme que les lleve a conocer a una artista que está empezando a descubrirse a sí misma, para poder contárselo al mundo. 

El día que nos abrió las puertas del edificio donde vive, salió el sol. Y no es una metáfora, el clima estuvo curiosamente asemejado con las eventualidades de ese primero de julio del año pasado: luego de una mañana de densa neblina y frío húmedo, al entrar a su departamento ubicado en Belgrano, me vi envuelta por un incipiente sol que asomaba detrás de la cúpula renacentista de la iglesia de dicho barrio. El círculo se proyectaba contra la cotidianeidad del hogar, el balcón descubría el escenario e iluminaba el living por completo, mientras que el antiguo pero cuidado piso de madera, recibía una luz cuasi naranja. Las esquinas y rincones se hallaban ingeniosamente decorados con simpáticos adornos que ella dispuso a gusto. Me perdí observándolo todo… y volví.

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Fresca y simpática, de sonrisa enorme, Jose tiene unos rulitos negros que hacen que sus ojos azules resalten significativamente. Tiene puesto un conjunto de pantalón y top de mangas cortas aterciopelado, color esmeralda. Se mueve con soltura mientras sonríe sin esfuerzo. Nos invita a pasar a su casa como si fuéramos amigas de años que se reencuentran después de mucho tiempo, y mientras termina de preparar el mate nos convida facturas que compró para nosotras en La Antigua Belgrano. No tardo en preguntarle acerca de la gran cantidad de detalles que llaman mi atención en ese lugar, los cuales se notan divertidamente pensados. Ordené mucho porque estaba un tanto nerviosa por la entrevista, así que todo lo que ven si bien ya estaba, ahora está más ordenado y limpio. En el fondo es como una nena. Mientras, voy directo a su repisa llena de juguetes: tenemos la misma edad, la memorabilia de ella también es la mía.  

Desde que tengo uso de razón me gusta dibujar. Cuando era chica la tele era para ocasiones especiales, como ver pelis en familia, por lo que el resto del tiempo me la pasaba en mi mundo, siempre con papeles, lápices de colores y todo tipo de cosas artísticas porque, por suerte, me incentivaron mucho a explorar lo que me gustaba hacer. Volvía del colegio, me tomaba un Nesquik y me ponía a dibujar.

Sin embargo, también me encantaba escribir; de hecho, hasta los 14 cuando me preguntaban qué quería ser de grande, yo decía escritora (hacía cuentos y novelitas). También quería ser actriz (jamás pensé en ser artista plástica), porque hacía teatro desde chica. Lo loco es que para mí dibujar era tan natural, que nunca lo había pensado como algo que el día de mañana pudiera ser una carrera o una salida laboral. 

Creo haber llegado a la conclusión, luego de años de investigación incomprobable (totalmente subjetiva y propia), que la prohibición que efectuaron algunos padres a nuestra generación (finales de los´80, principios de los ´90) de ver la televisión sin límites establecidos, favoreció ampliamente nuestro desarrollo para las artes. Es una constante en cada entrevista que hago a artistas de edades similares a la mía, su agradecimiento a quienes las criaron, por haber estimulado sus gustos, particularmente aquellos que las mantuvieron alejadas de la polución extrema de los medios de comunicación. Para mí es como darle CocaCola desde muy chiquito a tu hijo, después jamás va a querer tomar agua. Es una cuestión de límites sanos. Y acto seguido empezamos a ahondar en su crianza:

Mamá es una mujer muy especial, siempre tuvo una búsqueda espiritual muy grande y ecléctica, aunque haya tenido una educación católica y tradicional. A medida que fue creciendo deconstruyó mucho de lo que le habían enseñado e indagó en múltiples religiones y creencias. A mis 8 años yo ya sabía todos los signos del zodiaco; en mi casa había piedras por todos los rincones, se practicaba el ayurveda, la medicina china, el budismo, el simbolismo, y más. Por cosas como éstas nunca sentí que mi educación fuera cerrada, de hecho, la primaria la hice en un colegio católico pero el secundario lo hice en una institución laica y bilingüe. Hoy ya solté bastante a la astrología, esa información siempre me llega por Lulú (Martins) o mamá.

Mi papá me hace regalos muy particulares y divertidos, como cuando me deja animales de cerámica en la mochila. Cada vez que nos juntamos a tomar una cerveza y charlar, me encuentro con esas cosas. Señala risueña a un rincón, el que primero me impactó cuando entré: esa estatuita que ves debajo del sillón me la dio él, es como una especie de guardián. Al principio me daba un toque de miedo, así que lo empezamos a probar en distintos lados, como adentro del agujero de un árbol, por ejemplo. Se ríe muy fuerte con toda su boca, disfruta contar las aventuras y excentricidades que comparte con su papá, es honesta y sencilla. Al final nos terminamos apegando a la figura de yeso. Lo mismo con ese pato inglés, también me lo regaló él.  

EL PROCESO DE AUTO CONOCIMIENTO

Trabajé como actriz en publicidades desde los 18 hasta los 21 años, aproximadamente. Era divertido y se pagaba muy bien (me he costeado, por ejemplo, un año entero de estudios de una carrera privada). Pero llegó un momento en el que me cansé de no madurar ciertas cosas de mi personalidad (como vínculos y amistades con las que terminé relación), y me empecé a tomar las cosas más en serio. El trabajo me estaba modificando como persona, porque la actuación de ese estilo es muy superficial y la competencia está en un nivel súper pobre. La crisis tenía que ver con tener que expresarme siempre con mi cuerpo y con no estar haciendo nada significativo ni que me representara. 

Decidí cambiar el rubro, dejé de hacer publicidades y me puse a estudiar una licenciatura en la UMSA, en Artes Visuales. De a poco empecé a crear, después de haber hecho tantos años teatro seriamente. Entré por dibujar, que era lo que más quería, y podía elegir especializaciones como escultura, grabado o pintura (elegí la última). Después, al ver lo que hacía mi mejor amiga en grabado, me arrepentí, me di cuenta de que yo debería haber ido por ese camino también. Es mucho más apropiado para un dibujante porque te permite, a través de un montón de técnicas, dibujar de maneras mucho más locas. Es que pintar me gusta, pero no me enloquece. De todas formas, atravesé igual la carrera, y agradezco que me haya obligado a hacer cosas que no hubiera hecho en otras circunstancias. Lulú (Martins) tiene mucho que ver con este proceso, ella siempre me alentó. Para la entrega de mi tesis tengo que presentar un cuerpo de obra y su parte teórica, como si me hiciera una curaduría a mí misma, pero muy extensa. Para ello, lo relacioné con la obra de Byung Chul-Han. Lo elegí, no para hablar de él, sino por el tema que trata. Cuando me encontré con sus escritos, me di cuenta de que esta nostalgia que sentía no tenía que ver con el pasado, con los recuerdos en sí, sino con la nostalgia de cómo uno habita el momento que vive. Es la consciencia de lo efímero, del presente y de evitar que los vínculos se encuentren en un lugar de exposición. Todo esto que está plasmado acá vive permanentemente en mí.

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El cambio hizo que me replanteara no sólo como artista y en lo relativo a mi obra, sino también a ser más coherente con mi vida en todos los ámbitos. Antes mi identificación conmigo misma estaba basada en el exterior, por lo cual era muy inestable y artificial.

Ahora manejo una estabilidad emocional mucho más grande. Hoy, al publicar mis trabajos, estoy diciendo “Esto es lo que soy, esto es lo que hago, acá está. Yo, desnudándome ante todos”.  

“En la obligación de la novedad constante, nada tiene una dimensión profunda.” 

Atravesar la revolución tecnológica mientras crecíamos, nos debe haber dejado impreso en el alma, a esta generación desde la que escribo, una especie de sello indeleble: el paso de lo analógico a lo digital, nos genera una nostalgia imposible de explicar. Es en este punto donde nos esforzamos por revivir a los antiguos fantasmas de lo que nos era cotidiano: los videos de VHS, la casa de los abuelos, una cámara de rollo, el patio del colegio, el diario íntimo, el amigo del barrio, un libro pasada la medianoche debajo de las sábanas… e incluso mirar Stranger Things. Pero también entiendo que la nostalgia es parte del ser, en toda época y lugar, y que la necesidad de retener lo que se escapa, obliga al artista a crear un mundo actual que emula al añorado, para descansar allí cuando lo desee.

En mi obra intento reivindicar el no saber todo, poder llegar a intuir, que cada uno la interprete  como mejor crea. Hay un lugar para la recreación, para que no sean imágenes cadavéricas que mueren al nacer. Si se observa bien, todos los retratos que hice tienen la mirada esquiva, ninguno mira fijamente. Ellos parten de experiencias vinculares que viví, y lo que estaba tratando de hacer era resistir a la avalancha de imágenes digitales que nos invaden todos los días. Quiero recuperar la cuestión del espacio con relación al tiempo, porque hoy en día en la vorágine de la inmediatez, nada echa raíz. Es que soy muy romántica (en el sentido filosófico de la palabra) y hasta anticuada en algunas cosas. Añoro y siento fuertemente la separación que hay con la naturaleza, y me pega a nivel emocional. 

Y como si no hubiese sido lo suficientemente clara al explicarme sus sentimientos, me cuenta una historia acerca de sí misma, que la  pinta de cuerpo entero:

Mi primer viaje fue a Europa en 2015, e hice siete países en dos meses. En ese momento no tenía redes sociales y el wifi no era prioridad. Estaba inmersa en todas las cosas intensas que iba viviendo. Por eso, cuando volví, sentí mucho la añoranza de estar presente. Esa experiencia me impactó al punto de que no quise que quedara en la nada; no quise que mi cotidianeidad desdibujara mis días allá, se llevara todo y quedara congelado en el pasado, transformándose en anécdota. En Berlín me pasaron muchas cosas a nivel personal que me elevaron a un estado increíble y sentí que, si me ponía a estudiar alemán y lo llevaba a mi vida cotidiana, todo eso lo mantendría vivo. Me parece un idioma muy complejo y hermoso, como a algunos les pasa con el francés.

Encontré en su lógica de pensamiento un mecanismo de salvación particularmente nostálgico: estudiar el idioma le permitía soñar despierta, colado en su día a día, la salvaba del peligro de la rutina mundana. Si olvidaba, finalmente era como si esos días nunca hubiesen existido, como si todo hubiese sido en vano. 

El día a día te lleva sin darte cuenta y no podés habitar cada instante de la misma forma: no hay sorpresa ni misterio en la actualidad, como dice Byung en La Sociedad del Cansancio: el capitalismo y el consumismo desmedido en el que vivimos están constantemente favorecidos y alimentados por el engranaje de los medios digitales. En un presente constante en el que todo es “transparente” (en cuanto a que se es una vidriera al mundo) no hay hogares o sujetos, hay vidrieras de sí mismo. Hay que mostrar todo, sin espacios propios ni privados. Ahora la coacción es total y el superyo está por las nubes. Hubo un cambio de paradigma desde la sociedad disciplinaria de Foucault, la sociedad del deber, donde hay un otro que te obliga, las leyes, el jefe, la sociedad de instituciones, las cárceles, los muros. Ahora se cree que se ha roto con ese esquema porque se vive en un mundo donde todo se volcó al yo, donde el sujeto en vez de trabajar para un otro trabaja para sí mismo. Lo que no está bueno de esto es que no hay una libertad real, ya que se está constantemente bajo el imperativo de la optimización de un yo ideal. Es otro tipo de extorsión: ahora el que te tortura no es tu jefe, sos vos mismo. Entonces el domingo te levantás y te seguís torturando, estás todo el tiempo pensando en cómo ser mejor que el otro (tu perfil, tu imagen). Se genera así la auto propaganda, y puede ser la persona que tenés al lado (e incluso vos) la nueva estrella.

EL ARTE: DIGITAL O ANALÓGICO

La imagen digital fácilmente falseable, sumado a la pobre complejidad que nos presentan las plataformas digitales en las que todo se monta en favor del imaginario que nos coacciona, deteriora la sensibilidad de las personas, impidiéndoles dejarse convocar por otras cosas. Lo que tiene realizar obras en papel y no de forma digital (que son imágenes que ya de alguna forma están digeridas, y más con materiales como los que yo uso que son reciclados), es que se establece una caducidad; tienen una humanidad porque nacen, viven y mueren. Quiero aclarar que no estoy en contra para nada de lo digital, tengo amigos talentosísimos que trabajan así y los admiro mucho, son otras herramientas. Lo que está mal es todo el contexto en el que lo digital se transforma en destrucción. A mí lo que me importa en mi obra es que se note la calidez, y el hacer manual. El compromiso que asumo me obliga a aceptar la vulnerabilidad, no retocar, borrar ni editar.

Para todo el resto, por suerte tengo un hermano más chico que es programador. Lo amo, es lo más. Me hizo la web hace unos meses, la diseñé yo y él la llevó a la realidad. La manijeamos un día entero, yo le mandaba imágenes de photoshop de lo que quería como resultado final y él me decía lo que era factible y lo que no. Al photoshop lo uso no para intervenir mis dibujos porque no me gusta, sino para editarlos porque es muy difícil verlo en la realidad, escanearlo y que concuerde con lo que quiero. Lulú me enseñó mucho para que se vean bien y no distintos a como son.

El estilo de un artista no se da en todas sus obras por igual, pero sí creo importante estar hablando de algo y de algún modo tener una postura ante ello, que se puede ir modificando, pero en el contexto de una misma persona y de una misma sensibilidad.

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Me he torturado mucho por ser lenta a la hora de producir, pero siempre termino lo que empiezo, y cuando llego a ese momento final tiene mucho valor, y la sensación es increíble. Soy de procesos profundos y lentos, pero que cuando se hacen no tienen vuelta atrás. Ya me dejé de castigar, simplemente entendí que hay gente que es más rápida, y que no por eso lo mío tiene menos valor.

Me detengo en este punto, cuando pienso que esta nota me llevó un año entero para que vea la luz, me redimo, me perdono, le agradezco. Y recuerdo, que en el fondo, es para esta clase de encuentros que salgo a buscar entrevistas: para conocernos. 

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LA VOCACIÓN ACCIDENTAL

Cuando empecé a dar clases lo hice medio a regañadientes, lo pensaba temporal, hasta que me saliera otra cosa. Después me dí cuenta de que me encantaba. Arranqué a promover tallercitos que se me iban ocurriendo (todo muy modesto) con adultos, y después empecé a dar clases en un colegio como profe de Plástica y ahora doy de Tecnología, una materia de taller donde los chicos ven la historia de la tecnologización en la vida del hombre con el paso del tiempo, como desde la invención del tenedor, hasta el día de hoy. Se dicta a través de ejercicios prácticos, no teóricos. Ahora tengo quinto grado y vemos Trabajo Artesanal y pre Revolución Industrial. Les doy ejercicios para que construyan algo en grupo pero que cada uno tenga su rol. Es súper creativa la clase. Entiendo así, que Jose se está descubriendo a sí misma en un rol que nunca creyó que iba a ocupar. ¡Tengo cada crisis a veces! Estos dos últimos años de mi vida fueron “contra la pared”. Estaba súper insegura, pero haciendo todo igual. 

Cuando cumplí 27 me agarró una crisis muy ridícula, de sentirme vieja. A los 28 me cambió mucha la perspectiva, me alivié al despegarme del pensar colectivo que viene como una especie de avalancha en la que una queda atrapada. Pude separarme y decir “voy a pensar por mi cuenta.” El valor de tu vida (desde el cada día en que nacés hasta que te morís, tu potencial de transformación y de sentirte bien o mal con quien sos, de hacer algo diferente o de vivir repitiendo) es el mismo, y no tiene nada que ver cumplir 30 o 60. En definitiva, es no permitir que esos pensamientos que no pertenecen a lo innato de cada una, tomen posesión de nosotras y nos hagan creer toda esa basura. Siento que estoy genuinamente aprendiendo a cerrar esa grieta auto destructiva.  

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Al hacer esta nota, Josefina aún tenía 29 años y aún estaba por recibirse. Al hacer esta nota, yo también. 



Quiero agradecer especialmente a:
Josefina Vidal Díaz, quien nos tuvo una paciencia infinita y nos dios más de una oportunidad de conocerla en su propio hogar
A Ayesha Marín, una vez más, siendo mi compañera más fiel
A mis juradas de tesis Felisa Stangatti, Bianca Racioppe y
Julieta Párraga y a mi directora Lucia Módena, quienes me alentaron a seguir con Rosachina
A Santiago Seguí y Ariel Ramirez Morrison por programar y aguantarme
A Barbi Fígoli, quien diseña cada nota que pasa con más pasión
A mis viejos
Y a mi amor